Juventud y resiliencia: el viaje de Wisthon Noguera por la defensa de los derechos humanos

De Managua al País Vasco hay más de ocho mil kilómetros. Wisthon los recorrió no por haberlo querido, pero sí como parte de una misión que asumió hace años: defender los derechos humanos allá donde fuera.

  • País Vasco, España
  • 1:15 pm
  • Mar 10, 2025

Wisthon Noguera durante una marcha por los presos políticos en Managua, Nicaragua. En el pecho lleva un cartel que dice «Como no nos meten sus ideas en la cabeza, nos meten balas. #SOSNicaragua». Agosto, 2018.

Jorge Mejía Peralta
República 18

—¡Si no salís a dar la cara vamos a meternos por vos! —dice una voz afuera, el tono áspero, la intención severa.

Lo repite.

—¡Si no salís vamos a entrar a agarrarte!

Wisthon Noguera está en casa. Son como las nueve de la noche. Desde la ventana puede ver una camioneta negra con azul, un vehículo de la Policía Nacional de Nicaragua, en la calle. No tiene que preguntarse qué quieren de él: desde hace tiempo viene recibiendo amenazas.

«Sabemos dónde estás, sabemos dónde estudiás, ya te tenemos localizado, es mejor que no te movás» le han enviado por teléfono, con imágenes suyas tomadas furtivamente en una concentración. No hacía más que manifestarse, parte de su labor activista.

Vuelven a decirle que salga. Sale al patio —las estrellas apenas se ven en el cielo contaminado de fulgores de Managua— y ubica una escalera contra la pared del vecino. Sube el aparato tembloroso, pone un pie en el techo, siente el viento soplar y desaparece hasta en la madrugada.

Así entendió que su lugar en Nicaragua le había sido arrebatado.

Vasconia española

«Cuando yo logré salir de Nicaragua en 2022, yo no había planificado nada», cuenta lejos de casa el joven Wisthon Noguera, hoy de 25 años, en entrevista con República 18. «Yo más bien pensaba que iba a regresar pronto y que estaría un tiempo determinado mientras esas amenazas disminuían. Pero el tiempo se iba alargando cada vez más y no encontraba una forma segura para regresar».

Ahora está en Euskadi, el País Vasco de España, a más de ocho mil kilómetros de su tierra, pero con ella siempre presente. Es vicecoordinador de la Plataforma Nacional Juvenil de Nicaragua mientras cursa la carrera de Ciencias Políticas y Gestión Pública en la Universidad del País Vasco (la UPV/EHU), en sus propias palabras, «por gracia y por la solidaridad internacional».

«Cada que puedo hablo sobre la situación de Nicaragua», agrega, una situación bastante personal por la cual, motivado, se ha organizado con la diáspora nicaragüense del País Vasco.

Crisis y oportunidad

Desde antes de que Nicaragua estuviera sumida en su más reciente y presente crisis sociopolítica, el joven Noguera había mostrado inclinación a la filantropía. De 2015 a 2017 laboró en un voluntariado social que beneficiaba a jóvenes sin recursos económicos y afligidos por la drogadicción, una misión que lo llevó de su natal Managua hasta Jinotega y de regreso.

En 2018, todo parecía ir con normalidad, o al menos con el paripé de normalidad propia de un país tenso y atribulado, tras una década de gobierno y desgobierno del Frente Sandinista con Daniel Ortega a la cabeza.

Noguera primero estuvo en el Instituto Nacional Tecnológico Nacional (INATEC), pero luego de la crisis fue acogido por la Universidad Centroamericana (UCA), casa de estudios en la que optó por la carrera de Administración Empresarial. Ahí continuó su trabajo como voluntario.

«Chateles», el voluntariado al que se presentó, se enfocaba en el reforzamiento a la educación primaria en la niñez nicaragüense en situación de vulnerabilidad. «Así comencé a interesarme en los derechos de las juventudes del país», no imaginando que ese año, Nicaragua encararía su mayor periodo de agitación y violencia política desde el fin de la guerra civil en 1990.

Wisthon Noguera junto a niñez beneficiaria del voluntariado social “Chateles” de la Universidad Centroamericana UCA. 2019.

Entonces fue que se organizó en la Plataforma. «Desde ahí estábamos desarrollando proyectos de incidencia ciudadana, procesos de paz y transformación de conflictos, y también proyectos relacionados a la participación juvenil como la Agenda Nacional de Juventudes», una declaración política en favor de la participación de los jóvenes en el proceso que entonces gestaba la oposición.

En ese trabajo, Noguera tuvo la oportunidad de conocer las realidades de las juventudes de la Costa Caribe Norte del país. «Veía a jóvenes que llegaban a las reuniones descalzos, que a veces no entendían lo que les decía en mi idioma, pero que aún así decidían continuar en el proceso de consulta que estábamos teniendo».

«Algo tenía que hacer», supo entonces. «Y cuando digo que “tenía que hacer algo”, me refiero a que no podía ser indiferente a lo que estaba viviendo el país», explica.

Juventudes políticas

El estallido social supuso el cierre progresivo de espacios conforme el régimen sandinista cerraba el puño alrededor de la sociedad civil. Al mismo tiempo, significó un momento de acrecentada movilización política, sobre todo para los jóvenes. Esto moldeó su perspectiva de la juventud como un actor relevante en el devenir nacional.

«Yo veo a las juventudes como sujetos políticos, sin intermediarios, capaces de generar propuestas, genera acciones y articularse. Estábamos en las primeras filas en la Universidad Politécnica o en la UCA desde 2018».

De ahí que empezara a cuestionarse: «¿por qué éramos sujetos en los espacios de toma de decisiones en la oposición nicaragüense? ¿Por qué tenemos que ganarnos el derecho a ser sujetos?, ¿no lo somos ya de la propia historia nicaragüense?».

Managua 14 de Mayo 2018. Universidades y colegios públicos marchan hacia el plantón a la UCA, en protesta a las represiones y muertes que ha realizo el gobierno de Daniel, en casi un mes de protestas. Wisthon Noguera va de frente con un cartel que cita a Álvaro Conrado, joven asesinado por el régimen sandinista. Foto Uriel Molina/ LA PRENSA

Entonces, rememora, «los espacios eran situados para personas con ya cierta edad, con ya ciertas características: hombres que pertenecían a un estrato económico bastante estable, bastante sólido, con una alta capacidad de obtención de recursos, cosa que pues no tenía un joven en ese momento de dieciocho años» atravesado por una serie de interseccionalidades económicas e identitarias.

«Atraviesa por mi cuerpo que soy una persona LGBTI en un contexto bastante conservador, como lo es Nicaragua. La configuración y la estructura de los espacios de participación no corresponden a ser abiertos o dar apertura a que las personas que integramos el colectivo LGBTIQ+ en Nicaragua participemos plenamente», apunta.

Por su trabajo de organización y de voluntariado, Noguera comenzó a vivir una situación de acoso por parte de paramilitares ligados al régimen sandinista y de agentes de la Policía Nacional, a tal punto que fue dos veces detenido, una vez concluyendo una manifestación en Managua y la otra en Chinandega, durante el proceso de consulta de juventudes.

Imágenes de una de las detenciones a las que fue sometido Noguera en 2020. Foto: Cortesía

«Las agresiones eran LGBTI-fóbicas. Los policías tenían una actitud de ejercer poder sobre mí diciéndome que era un maricón, que era un cochón, que era un playo y todos estos adjetivos que tratan de reducir las vivencias de las personas LGBTI a la nada», dice, pero subraya que, sobre todo, «también me perseguían por mi defensa a los derechos humanos de las juventudes».

«Mi seguridad ya estaba comprometida. Yo dejé de dormir, llevo más de tres años tomando medicación para poder conciliar el sueño y poco se menciona la salud mental de las personas defensoras de derechos humanos incluso en los medios de comunicación. Lo digo porque la percepción general que hay es que tenemos que siempre estar de buen ánimo, renunciar a nuestra privacidad y no descansar como si de eso se tratara defender derechos humanos», señala.

¿Exilio?, ¿cuál exilio?

En el trayecto a las «elecciones» que el régimen sandinista sostuvo en noviembre de 2021, las detenciones de aspirantes presidenciales fueron de la mano con encarcelamientos masivos de opositores. Entonces la vigilancia sobre Noguera se acrecentó. La Policía llegaba más seguido a su casa. Y, tras ofrecer una serie de entrevistas a medios, algunos en cobertura nacional, la situación se volvió insostenible.

«Yo aún no me había exiliado, o no era consciente de que había comenzado mi proceso, y creo que todavía en ese momento me encontraba en negación».

Inició su nueva vida en el País Vasco en 2023, mismo año en que la UCA, su alma máter, fue intervenida y usurpada por el régimen sandinista, tras años de acoso y hostilidades. Quizá uno de los golpes más fuertes para él vino entonces: el Centro Nacional de Universidades (CNU), bajo control sandinista, «no validó mis certificados emitidos por la UCA».

«Me quedé en un limbo académico. Me quitaron mi derecho a la educación, no iban a dejar que me graduara. Dijeron que mi expediente no existía y que no iban a darme una firma que se necesitaba para el apostillado. Es más, retuvieron mis certificados por lo que me dejaron básicamente fuera del sistema», relata.

«Para mí fue esto devastador. Todos mis recursos se habían invertido ahí pero, hasta ese momento, yo no había elegido un exilioYo todavía pensaba que me tocaba estar, no sé, cinco meses fuera de Nicaragua mientras todo bajaba de la tensión y la persecución que había. Pero no fue así y eso me llevó a exiliarme formalmente ya en 2023, solicitando una protección internacional en España».

En la UCA había echado raíces ya. «Yo participé en el Movimiento Defensa Estudiantil UCA que organizaba las protestas y manifestaciones dentro de la universidad. Es decir, ahí celebramos, por ejemplo, el Orgullo (LGBTIQ+) cuando ya no se podía salir a la calle (por la represión). Desde ahí conmemoramos el día del estudiante» y protestaron contra las arbitrariedades del régimen hacia su universidad.

Aún lejos del peligro en Nicaragua, todavía arrastraba todo lo que vivió.

Wisthon Noguera lleva un cartel dentro de las instalaciones de la UCA reivindicando el orgullo LGTBIQ+ ya que el régimen ilegalizó las manifestaciones reivindicativas. Junio, 2019. Manifestaciones como estas surgieron espontáneamente entre el estudiantado en varias ocasiones. Fotografía: Carlos Morales Zapata

«Seré muy sincero, esta presión de no dormir que antes mencionaba creo que factura justamente y… viene producto de traumas que generó esa persecución. Yo recuerdo que, en algún momento, cuando llegué a este país, yo miraba a la Policía y daba la vuelta, me iba por otra calle porque tenía miedo de verlos o escuchar sirenas, o escuchar ruidos que salieran de la habitualidad del silencio en el que prefería estar», confiesa.

No le apena admitir que tuvo que recibir acompañamiento psicológico por más de un año en el exilio. «Todo eso me alteraba mucho. Estaba muy mal realmente, muy ansioso». Insiste en mencionarlo. «No ocultaré esa situación porque me parece importante que el tema de la salud mental y la protección de las personas defensoras de derechos humanos se piense también en esta línea».

La labor continúa

«Si me hubiera quedado en Nicaragua», reflexiona, «en las condiciones que estaba pues hubiese terminado, además de probablemente en la cárcel, desterrado o peor».

«Pero aquí tengo la posibilidad de acceder a tratamiento médico, a la secuencia del bienestar emocional y efectivamente a la construcción de más redes. Así ha ido, poquito a poco, construyéndose la resiliencia y buscando espacios en los que pueda desarrollar mi activismo porque desde acá continúo haciendo activismo y continúo haciendo cosas por los derechos humanos en Nicaragua».

«Desde el exilio en País Vasco me he organizado junto a otras personas y entidades, y creamos la diáspora nicaragüense en el País Vasco donde estamos incidiendo con las instituciones locales, el gobierno y diferentes tomadores de decisiones, y creo que esto ha sido un caso exitoso de anteponer la recuperación de nuestro país a intereses individuales», detalla.

Wisthon Noguera con la bandera de nicaragua en la reinvindicacion del orgullo LGTBIQ+ en Bilbao, País Vasco (España) 2023. Foto: Ecuador Etxea

Cada uno de los recursos a su disposición los ha dedicado a denunciar lo que ocurre en Nicaragua. Intervino, por ejemplo, en la Comisión de Derechos Humanos, Igualdad y Justicia del Parlamento Vasco, planteando las graves vulneraciones a los derechos humanos de las mujeres, la población LGBTIQ+ y las juventudes del país, documentadas también por organismos independientes.

«En ese caso hice especial énfasis en lo que ocurrió con la negación del apostillado y la eliminación de los expedientes académicos de las juventudes y también tuve la oportunidad de intervenir en un encuentro internacional de observatorios contra la LGBTI-fobia que se hizo en Cataluña en 2023 donde denuncié las arbitrariedades en contra de las mujeres trans nicaragüenses», recuerda.

En otras varias ocasiones ha llegado a coincidir con diferentes agentes, como Anton Leis García, director de la Agencia para la Cooperación Española, a quien trasladó «la preocupación sobre el cierre del espacio cívico y el papel tan importante que tienen las agencias internacionales».

Abril, 2023. Diálogo sobre el papel de la cooperación española ante la reducción del espacio cívico. Junto a Antón Leis, Director de la AECID; Lolita Chávez, lideresa del pueblo maya K’iché y Wisthon Noguera, vicecoordinador de la Plataforma Nacional Juvenil Nicaragua. Foto: Cortesía

Recientemente, en diciembre de 2024, intervino en una clase de Constitución y Globalización. Presentó sobre la Constitución de Nicaragua, reformada de forma arbitraria por el régimen sandinista. «Tuve la oportunidad de hacer una denuncia clara de lo que estaba sucediendo con el abuso, el tomar prestada la Constitución para perpetrar crímenes de lesa humanidad y tratar de buscar una legitimidad para violentar los derechos humanos», detalla.

A los jóvenes no les han regalado nada

Pero, reitera, no ha sido un viaje que haya hecho solo. «Creo que salí adelante y encontré resiliencia vinculándome con gente nicaragüense acá, vinculándome también con redes de solidaridad que pudieran ser otros perfiles incluso de activistas en algunos movimientos a los que me pude incluir; el colectivo LGBTI, de igual forma el colectivo feminista me ha acompañado en muchas ocasiones».

«Así se ha ido superando poco a poco, pero no es algo que se haga de una vez. Si tuviéramos el poder de resolver eso de una sola vez creo que mucha gente lo hubiera hecho y ya estaría súper bien, pero es un proceso de depuración que también lo ha permitido el exilio».

Si su labor sirve para algo, Noguera cree que es para recordarle al mundo que a los jóvenes «no nos han regalado nada», una sentencia que afianza en su tono. Alude, sobre todo, a los sacrificios que se hicieron durante crisis y contrastándolo con el lugar no proporcional que recibieron en el esfuerzo opositor.

Por esa injusticia plantea su activismo en el eje de la juventud, y por su propia experiencia, también en pro de la comunidad LGBTIQ+ y la defensa de los derechos humanos en general. «Sé que en algunas ocasiones y en algunos momentos ha sido el tema un poco espinoso, pero las juventudes somos sujetos políticos también y no debemos pedir permiso para ser sujetos porque ya hemos cambiado la historia».

«Ya yo lo decía en Twitter el día que ilegalizaron la UCA; yo puse: “ni quemando el último libro en Nicaragua van a borrar nuestra historia. ¡Qué vivan los estudiantes!“». Y, sabiéndolo cierto, nos despedimos en tono de amistad.