Ni siquiera podés decir que sos defensora en Nicaragua: la situación bajo el régimen Ortega-Murillo
Las defensoras de los derechos de las mujeres en Nicaragua enfrentan una creciente persecución desde 2018, siendo víctimas de represión, vigilancia y criminalización. Muchas han tenido que exiliarse, donde sufren de precariedad, inseguridad y aislamiento.
La unidad y el trabajo a pequeña escala son fundamentales para las defensoras de los derechos de las mujeres en Nicaragua, quienes, frente a diversas adversidades han logran sostener su labor.
A medida que pasan los años, la situación de las defensoras de Nicaragua se pone más crítica, la crisis política y social que estalló en el país en 2018 ha dejado una huella profunda en la lucha por los derechos humanos. Desde entonces, las mujeres defensoras se enfrentan a un escenario de violencia, vigilancia y criminalización.
Una defensora nicaragüense que por su seguridad pidió ser citada de forma anónima, describe la difícil situación que atraviesan, tanto dentro como fuera del país. Sin embargo pese a todo, mantienen viva la esperanza de que la lucha por la justicia y la libertad prevalecerá.
República 18: 1.¿Cómo está la situación de derechos humanos de las personas defensoras dentro de Nicaragua?
Defensora: Bueno, la situación de las defensoras en Nicaragua se ha venido agudizando a partir de la crisis de 2018. Sin embargo, antes ya había persecución y ahora es mucho más evidente, más descarada y más agudizada, hay vigilancia, hay control, violencia de todo tipo por parte de diferentes estructuras, principalmente el trabajo que hacen las estructuras organizadas del Frente Sandinista en los barrios, de vigilar, incluso de quitar bienes a defensoras, de difamar para invisibilizar los derechos humanos y verlo como un delito.
Esto ha traído muchas situaciones, tanto a nivel personal como colectivo, una de ellas es el cierre de los espacios, que ya no existen. Otra es la situación de enfermedades, situaciones económicas, desempleo, situación emocional que viven muchas defensoras y que pocas tienen acompañamiento.
Incluso, hay quienes han salido del país y no han vuelto porque no las han dejado entrar, porque ya están fichadas en una lista. Es decir, que el camino o la labor de la defensoría está casi cerrado en Nicaragua y se está trabajando desde la clandestinidad.
Ni siquiera podemos decir que somos defensoras, porque es un riesgo para nosotras decir: “Soy defensora de derechos humanos en Nicaragua”, por todo lo que implica, ya lo hemos visto.
República 18: 2. En el caso de las personas defensoras que han salido al exilio, ¿cuál es la situación? ¿A qué se han enfrentado estando fuera de su país de manera forzada?
Defensora: Lo que he conocido por compañeras es que es mucho más difícil, por una cuestión de coyuntura mundial e internacional, donde las migrantes, las personas defensoras de derechos humanos están mal vistas, porque son las que encaran a los estados, son las que ponen el dedo en la llaga.
En la situación del exilio, muchas compañeras están sin trabajo, buscando refugio, no tienen ni siquiera un estatus que les brinde protección internacional, pasan por situaciones difíciles a nivel de salud y economía, sobre todo porque tienen que buscar otros tipos de trabajo para poder sobrevivir fuera del país.
En el caso de Costa Rica, que es un contexto bien particular, la mano represora del gobierno ya está allá, entonces es súper difícil porque se tienen que tomar medidas de seguridad. No es como en Nicaragua, pero sí hay un nivel de riesgo que hay que tomar en cuenta. Al final, es una doble situación porque están en el exilio y todavía tienen que estar viendo quién está a su lado, cuidando lo se dice y hace. El nivel de estrés también sube porque tienen que buscar cómo sobrevivir y continuar la labor de defensoría.
Claro, hay redes que apoyan, quizás más abiertas que en Nicaragua, pero también se sufre.
República 18: 3. ¿Qué implicaciones ha tenido el hecho de que las defensoras hayan tenido que salir del país, dejar de dar declaraciones y acompañar a otras mujeres?
Defensora: Las implicaciones son grandes, porque se deja de visibilizar la situación de Nicaragua, la violencia, los femicidios, la violencia sexual contra las niñas, toda esta problemática que antes las defensoras y las activistas visibilizaban en las calles con movilizaciones, conferencias, diversas actividades, para fechas emblemáticas y durante todo el año.
Esto tiene un costo muy grande porque se incrementan los casos de violencia y se refuerza la indiferencia de la sociedad. Se normaliza más, ¿verdad? Antes, cuando un activista o una mujer acompañaba a otra víctima de violencia a las instituciones del Estado, se veía el trabajo, había presión.
Pero ahora, que ya no pueden acompañar, ni denunciar, ni hablar mucho, entonces la violencia se normaliza y hay más impunidad, porque no hay atención a los casos, ni interés de parte del Estado en atender y prevenir.
Todo esto que se trabajaba antes, sobre todo el acompañamiento, el tejido social que había, que estaba fortalecido, ya no existe. Ese capital social ya no existe, o si está, está en silencio. Está con bajo perfil, con miedo, con terror, por las implicaciones y el riesgo.
Y al Estado, finalmente, le da mucha más fuerza para proteger y mantener la violencia en el país. Ahora ya poco se habla de eso. Hay un silencio forzado porque si hablas, ni quién te salva, te llevan presa, van contra tu familia, te quitan todo…
República 18: 4. ¿En qué contexto se encuentra la ciudadanía de Nicaragua considerando los efectos de las políticas represivas y la situación de violencia?
Defensora: Hay una política de terror para mantener la inseguridad, la desprotección.
Muchos de los hombres que andan en las calles, los que mandan al régimen de convivencia familiar sin ningún tipo de seguimiento generan inseguridad y miedo, muchos tienen delitos de violencia, abuso, violación.
Antes las defensoras hacíamos acompañamientos colectivos, grupos de autoayuda, terapias familiares, pero ya ni eso. La salud mental en Nicaragua es un tema que hay que atender urgente por todo lo que estamos cargando a nivel colectivo y personal.
República 18: 5. ¿Cómo se visualizan trabajando en los próximos meses del 2025?
Defensora: Estamos en modo supervivencia. Cada día se tiene que pensar qué vamos a hacer hoy, si nos toca comer.
La supervivencia de nosotras, incluso para ustedes como periodistas, es la primera lucha que tenemos y luego con mucho esfuerzo y compromiso visibilizar la situación.
La esperanza es lo último que se debe de perder, esa esperanza activa de cómo ir trabajando desde la cotidianidad, desde la familia, cómo abordar los temas de violencia, de prevenir el abuso, desde nuestros entfornos mas cercanos, no permitiendo que los agresores tomen campo en la familia y poder hablar, denunciar, por lo menos hablar sobre el tema.
Creo que se pueden lograr cambios a pequeña escala, porque a gran escala está complicado, todavía falta mucho. Hablando de un cambio más estructural y profundo en Nicaragua, se necesita más trabajo de la gente de la diáspora.
Es necesario organizarse con la gente que está en el exilio y preguntarse qué proyectos, qué acciones en común podemos llevar a cabo.
Hay que dejar egos y soberbias a un lado. No es “quítate tú para ponerme yo”, sino, ¿qué podemos apostar en común, aún teniendo diferencias, para sacar a Nicaragua adelante? Eso es un trabajo grande.
República 18: 6. Cómo defensoras tienen un historial de unidad y resistencia ¿cómo se están fortaleciendo?
Defensora: Nos hemos mantenido a través del tiempo, siempre apostando a reinventarnos, a la resiliencia, a buscar cómo hacer el cambio.
Lo importante es la unidad y saber que tenemos una apuesta común: ver a Nicaragua libre, pero libre de violencia, de femicidios y de tantos abusos que se cometen a diario; de todas las violaciones de derechos humanos y libertades fundamentales.