Masaya: A tres años de la rebelión cívica de abril
Tres protagonistas: un padre con un hijo asesinado, un exiliado y un joven relatan sus vivencias a tres años del levantamiento popular que sacudió el país hasta sus cimientos
Noel Amílcar Gallegos
Sentado en un pequeño banco de madera está el profesor Álvaro Gómez en su casa de habitación en el barrio Monimbó de Masaya. Casi no sale por precaución a ser víctima de algún atentado por parte de agentes del régimen orteguista. Recuerda que, durante el inicio de la rebelión de abril de 2018, por esas calles vecinas la gente se organizó para levantar barricadas con los adoquines y defenderse de la represión gubernamental que apenas empezaba.
Él nunca se imaginó integrarse a esa lucha que apenas iniciaba en el aguerrido Monimbó, pero sucedió un hecho que marcó toda su vida: mataron a su hijo Álvaro Gómez Montalván de 23 años.

Este docente de reconocida trayectoria y simpatizante sandinista antes de abril de 2018, es lisiado de guerra de la década de los 80, en cuyos combates resultó con la pierna derecha amputada.
El 19 de abril de ese año su vida cotidiana como profesor de matemáticas en los salones de clases del instituto Central de Masaya, se vio interrumpida cuando observó por los ventanales de este centro de estudio a los miembros de la Juventud Sandinista (JS) de Masaya respaldados por agentes policiales, atacar con piedras y morteros a un nutrido grupo de personas entre estos muchos ancianos, que protestaban contra las reformas al Seguro Social (Inss), que no tuvieron otra opción que refugiarse hacia el sur de la ciudad, en el sector del histórico barrio Monimbó.
“Ese día todos los profesores vimos eso, yo no podía pasar de indignado porque soy una persona discapacitada. Se armó una batalla campal, entonces se decidió que era mejor despachar a los alumnos y entregarlos a los padres de familias. El día siguiente 20 de abril, me integré a mi centro de labores, recibimos unas capacitaciones. Ya el barrio Monimbó se había levantado las primeras barricadas. Por la tarde me llaman y me dicen que mi hijo Álvaro anda metido en las actividades de protestas. Entonces yo me asusté un poco”, recuerda el profesor.
La tenue tarde de ese fatídico 20 de abril, cerca del mercado de las Artesanías, cayó el primer muerto de Masaya, fue el joven Jairo Hernández del barrio 26 de Mayo, aledaño al mercado municipal, con un balazo que le atravesó el pulmón derecho. La reyerta ya era entre bombas lacrimógenas y balas de plomo de la Policía Sandinista contra piedras y morteros de los jóvenes atrincherados. A Hernández lo montaron en una motocicleta para llevarlo al hospital Humberto Alvarado de Masaya, en donde al parecer ya llegó sin signos vitales.
“Entonces más tarde hablo con mi hijo Álvaro y le digo que ya había un muerto y que esta gente son capaces de cualquier cosa, hasta de matar. Pero me dijo que el día siguiente iba para la universidad y se tomó una foto, él andaba lacerado en los dos pies y con un disparo de balín en su pie izquierdo, o sea el chavalo estaba metido de lleno en las protestas. Esa tarde tenía que ir a su trabajo, pero parecer que en su centro dijo que se sentía mal y pidió permiso, y regresó a Monimbó. La última vez que lo vieron fue por aquí en el molino de mi Barrio como a las diez de la noche”, recuerda Gómez.
Esa noche Monimbó estaba encendido y los pobladores levantaban más barricadas para contener las embestidas orteguistas, la noche se tornó más oscura porque en todo ese sector se fue la energía eléctrica. Aún se desconocen las circunstancias en que mataron al joven universitario de Monimbó Álvaro Gómez Montalván, pues recibió un certero balazo en el pecho. Un video que circuló por las redes sociales mostraba a unos jóvenes de civil que presumiblemente podrían ser de la JS, arrastrando el cuerpo inerte del muchacho por la calle del Comisariato de la Policía, zona que ya había sido tomada en avanzada por las fuerzas progubernamentales. Según su progenitor, el cuerpo presentaba múltiples golpes y se lo entregaron en el hospital sin camisa y sin sus pertenecías como celular y billetera. Él fue el segundo asesinado de Masaya.
“En el hospital solo me dijeron que fue muerto por arma de fuego, no hubo autopsia, ni nada. Me lo llevé a mi casa. Al pasar los días yo estoy bastante golpeado (emocionalmente), indignado y no estaba todavía decidido integrarme a la lucha, moralmente estaba decaído. El 23 de abril hubo un mitin en la placita de Monimbó y me subieron para ofrecer unas palabras y ese día ya había más de 50 asesinados a nivel nacional y yo señalé a la familia Ortega- Murillo, y lo sigo sosteniendo que ellos son los culpables de todos los asesinatos.
Luego volví a mi casa a encerrarme, pero siempre tenía contacto con gente que viene de raíces sandinistas y que me estaban apoyando al ver la situación de mi hijo y de Masaya. Yo me metí a la lucha cuando vi la quema de (la casa en el barrio) Carlos Marx (de Managua) y más asesinados y me dije: estos son unos salvajes. Así fue como me metí a las reuniones para la protección del barrio Monimbó. Te digo que en la barricada donde yo estaba la mayoría eran de raíces sandinistas. Mi hijo a lo sumo lo que andaba era una piedra, y ellos andaban armados, la saña contra el pueblo de Masaya fue brutal”, sostiene el padre de familia.
Desde la cuna de Sandino
Uno de esos días aciagos para el departamento de Masaya, Alejandro Moraga originario de la cuna del general Sandino en Niquinohomo, viajaba desde el trabajo en su motocicleta, cuando supo de toda la sangrienta represión y muerte que estaba padeciendo esta zona, entonces decidió dejar su liviano vehículo en su casa y participar de las primeras marchas de la Meseta de Los Pueblos, luego se organizó con ciudadanos de su pueblo para levantar barricadas y requisar a todo vehículo del Estado que pasaba para asegurarse que no llevaran armamento para hacerle daño a la gente de Masaya.

“El primero de mayo me avisan que unos jóvenes opositores de este municipio estaban pintando de azul y blanco la estatua de Sandino de la entrada de Niquinohomo. Pero el tres de mayo llegaron los sandinistas a pintar la misma estatua de rojo y negro, por lo que la población se opuso y comenzó el forcejeo. La lucha se volvió más fuerte y la gente cerró todas las calles del municipio con barricadas y ahí nos mantuvimos. Nosotros pensamos que no bastaba con alzar la bandera azul y blanco, sino que nos decidimos ir a apoyar a la gente de Monimbó. Entonces el cuatro de junio asesinan de un balazo a un hijo de Niquinohomo, al profesor Carlos Erick López. Sin embargo, nosotros seguimos apoyando a la gente de Masaya hasta la llamada Operación Limpieza”, recordó Moraga.
Cuenta que el 17 de julio de 2018, cuando el orteguismo ejecutó la Operación Limpieza, los paramilitares y la Policía Nacional avanzaban con un armamento pesado por todos los puntos cardinales para desmontar las barricadas, las balas invadieron la ciudad de Masaya, muchos pobladores decidieron escapar, otros prefirieron esconderse en sus casas. Un nutrido grupo de jóvenes entre estos, Moraga, tomaron el camino viejo de Nandayuri en Monimbó para salir por los arrabales. Ese día cayeron asesinados tres jóvenes, que fueron abatidos con armas de fuego.
Actualmente desde el exilio este joven de Niquinohomo, quien tiene más de dos años sin poder abrazar a su familia, relata que desde hace tiempo venía siendo crítico de las malas prácticas del Gobierno y a los políticos tradicionales, lo que a la postre le valió ser desterrado de su país. Dijo que junto a sus amigos no tuvieron otra opción que buscar refugio en el país vecino de Costa Rica, porque todos eran buscados por la Policía Orteguista.
“A tres años de exilio, seguimos pidiendo justicia por los asesinados, por nuestros amigos, libertad para los presos políticos, para nuestros hermanos que por pensar diferentes están privados de libertad, también exigimos el retorno de nosotros los miles de exiliados que estamos por todo el mundo, sin garantía de tener seguridad para poder regresar en muchos casos, junto con todas sus familias. A los espacios políticos que nos están representando en este momento y que están llevando la batuta de la lucha, les pedimos una sincera unidad y mayor presión contra el régimen orteguista, que no es cualquier gobierno, sino una dictadura contra la que se está luchando”, subrayó el exiliado.
La valentía de Monimbó
En Masaya todavía está un joven a quien prefiere que lo llamen con el seudónimo de “El Lobo” quien participó de toda la rebelión de abril hasta mediados de julio de 2018, cuando “limpiaron” la ciudad. Por cuestiones de seguridad tanto por su integridad física y su estabilidad en su centro de trabajo, se mantiene con perfil bajo. Recuerda que el 19 de abril de 2018, estando en su trabajo en Managua, mantenía la sintonía de las noticias sobre lo que estaba sucediendo en su tierra, lo que lo costó concentrarse en sus labores, por lo que mejor decidió pedir permiso para irse.

“Me bajé del bus, llegué a mi casa, tiré mis cosas y me cambié de ropa, luego fui en busca de mis amigos, con quienes fui a Monimbó a apoyar en cualquier cosa. Rápidamente nos dimos cuenta que todo el centro de la ciudad estaba tomado por los antimotines que libraban una cruenta batalla contra todo un pueblo desarmado, logramos salir de la zona de conflicto y llegamos a Monimbó. Nosotros llevábamos mascarillas para los gases lacrimógenas, y unas cuantas medicinas que nos había dado mi hermana que es médico. Esa noche fue larga, y cerca de las cuatro de la madrugada del día siguiente logramos hacer retroceder a la guardia orteguista hasta su cuartel. Estábamos bien extenuados y con un sinnúmero de heridos. Regresé a mi casa, me bañé, me alisté y volví a mi centro de labores, no había dormido nada”, cuenta El Lobo.
Recuerda que cada vez la lucha era más violenta y empezaron a tener varios de sus compañeros de lucha asesinados. Sin embargo, la resistencia de los masayas era mayor, y continuaron con las marchas y defendiendo las barricadas. En los primeros días de junio la población de Masaya se organizó para armar grupos de vigilancias para los centros de comercio, incluso en el populoso mercado municipal Ernesto Fernández porque estaban sucediendo saqueos en “las narices de la Policía” y nadie actuaba, fue entonces que se comenzaron a tejer barricadas por todos los barrios hasta que la ciudad quedó totalmente intransitable, incluso la Policía al mando del Comisionado Ramón Avellán quedó acuartelada, recuerda.
“El 17 de julio, fecha de la Operación Limpieza, ya las calles de Masaya estaban sin barricadas, solo en Monimbó sus calles aún seguían trancadas, a la guardia orteguista le daba temor entrar a este barrio por la fama que tiene de ser aguerrido. Nosotros seguimos atrincherados en este barrio y resistimos hasta cuanto más pudimos. Después de 10 horas de cruentos enfrentamientos con demasiada sangre derramada, cansados, hambrientos y ni con qué hacerle frente a los paramilitares y policías, decidimos retirarnos y tomar la ruta por la laguna de Masaya, caminamos bajando y subiendo cuestas, buscando una ruta que nos llevara a los barrios del norte, entonces llegamos ya de noche a unas pocas cuadras de nuestras casas”, relata.
Al día siguiente estábamos partiendo a casas de seguridad. Durante los siguientes meses pasamos como nómadas. Capturaron a muchos de nuestros hermanos quienes bajo tortura soltaron nuestros nombres. Entonces decidimos estar bajo a bajo perfil, pero aún mantenemos encendida la llama de la resistencia civil en esta ciudad. Nos quitaron nuestro territorio, nuestras barricadas, incluso la vida de muchos de nuestros hermanos, nos quitaron el miedo, pero mientras no nos quiten la convicción de ver a nuestra patria libre, no nos quitaran la resistencia. No nos han ganado”, concluyó el opositor.
Los tres protagonistas coinciden en que a tres años de la rebelión cívica es necesario la unificación de la clase opositora en un solo candidato y que haya libertad y justicia para los nicaragüenses que aún están secuestrados en las cárceles y por los centenares de asesinados.