La historia de José Huembes, el barbero nicaragüense que prospera en Costa Rica

Huembes llegó indocumentado a Costa Rica huyendo de la violencia, pero ha logrado anteponerse a las adversidades en el exilio

  • 2:03 pm
  • Sep 21, 2023
República 18

José Huembes Pavón aprendió a cortar cabello hace 15 años, cuando tenía aproximadamente esos mismos años de edad y trabajaba barriendo en una peluquería. “Me dijo la señora, la propietaria del salón, que me iba a enseñar”, y ahí empezó a ser instruido.

Pero un día cedió a la presión social de quienes creyó eran sus amigos.

—Vení tomá con nosotros —recuerda que le propusieron.

—¡Pero si sólo tengo quince años! —reclamó, pero no lo escucharon.

—No importa, no importa; si te emborrachás, aquí te quedás con nosotros.

Cuando llegó ebrio a casa, su padre tomó medidas drásticas. “Yo no lo juzgo, porque cada quien tiene su forma de ver las cosas, su forma de de criar a sus hijos y, en parte, también eso fue lo que me ayudó a superarme porque hasta cuarto año llegué en la secundaria y a duras penas”, reflexiona Huembes, década y media después.

—Si usted puede beber, puede mantenerse solo —le dijo su padre antes de enviarlo a la calle.

Más de dos semanas pasó Huembes en las calles hasta que un amigo le ofreció un lugar donde quedarse. Esa es una de las experiencias que destaca porque considera que lo puso en el rumbo que ahora recorre, para bien o para mal.

Aprendió más de su profesión con el tiempo y la diligencia del trabajo, pero su futuro, descubriría eventualmente, no estaba en Nicaragua.

El exilio

Tras haber participado en las protestas de 2018 en Niquinohomo, Masaya, Huembes tuvo que partir hacia Costa Rica para evitar que lo capturaran.

Quitando lo que pagó en pasaje, llevaba alrededor de 17 mil colones consigo, el equivalente a 31 dólares, y unas pocas mudadas de ropa, cuando alcanzó un puente fronterizo en el cantón de Los Chiles y tuvo que someterse a las autoridades del lado nicaragüense.

Recuerda que era alrededor del 20 de julio de 2018, tres días después de que efectivos paramilitares golpeasen Masaya con la sangrienta escalada militar conocida como “Operación Limpieza. Viajaba junto a un joven de 17 años con quien congenió en el camino.

Sus planes de cruzar legalmente se habían visto frustrados por un simple documento, su récord policial, que por su participación en las protestas y posterior fichaje desde la Policía Nacional le resultaba imposible conseguir sin arriesgar su integridad.

Huembes en el trabajo. Foto: Cortesía

“A mí ya me conocían los policías porque era uno de cinco dirigentes, los que tratábamos de calmar siempre las cosas”, explica Huembes, quien asegura que la Policía ya lo había fichado porque lo habían señalado de supuestos actos delictivos, “robo de armas”, que nunca demostraron que cometió.

“Estuve detenido como 15 ó 20 minutos, casi media hora” en la frontera; “llamaron para verificar si tenía orden de captura. Según yo tenía”, relata Huembes, entonces poseído por la ansiedad de la espera.

“Yo pensaba, en ese momento, que si me reconocían, me iba a tirar por el puente para caer al agua y morir ahí ahogado, porque no sé nadar; en ese tiempo (los policías de Nicaragua) te torturaban y te entregaban muerto en una bolsa negra en medicina legal“, y Huembes no estaba dispuesto a darles el gusto.

Por fortuna, y aunque los agentes que lo retenían “llamaron y llamaron”, nadie contestó al otro lado. “No vuelva a pasar por aquí” fue lo último que le dijeron antes de que diera sus primeros pasos hacia Costa Rica.

Hacia “Chepe”

Llovía entonces en El Naranjal, un terreno cercano al puesto fronterizo en Los Chiles. Huembes fue recibido en Costa Rica por el fango profundo y las lluvias que lo propiciaban. “Parte de la poca ropa que llevaba la tuve que botar porque en el lodo se arruinó”, cuenta ahora.

Un taxista luego los llevó hacia un supermercado en Los Chiles ciudad (más bien poblado), donde pudieron pausar para comer algo y repasar el plan. Huembes tenía que viajar más de 150 kilómetros hasta San José, donde tenía acordado con una prima que lo recogería y le brindaría refugio en la capital.

“Estuvimos hablando todo el camino, pero cuando llegamos a Alajuela, el teléfono (de su prima) salía apagado“, dice Huembes.

—No te preocupés, aquí te voy a acompañar hasta que te vengan a traer —le aseguró el joven que lo acompañaba en Alajuela, un poblado cercano a “Chepe”, como popularmente se conoce a San José.

Pero pasaron las horas, dieron las nueve, diez, hasta la media noche. Al ver que nadie llegaba por él, el joven invitó a Huembes a ir con él hacia su destino. “Nos trasladamos en un taxi sin conocer a Desamparados, caminamos como tres kilómetros sobre una calle siguiendo la montaña para entrar dos kilómetros más adentro”, recuerda Huembes.

Otro diseño de Huembes. Foto: Cortesía

La luz de las estrellas iluminaba las elevaciones montañosas cuando llegaron a su destino, unos terrenos donde sus habitantes los recibieron con comida. “Gallopinto, espagueti con pollo y un vaso de fresco de avena” fue lo que pudo degustar Huembes tras esa travesía.

“Nos recibieron como si fuésemos familiares; muy buena gente”, los describe.

Engaño en Sabanilla

Tan pronto como agarró fuerza suficiente, Huembes partió hacia el barrio de La Carpio, en San José. Le habían hablado de oportunidades laborales, pero nadie se dispuso a contratarlo debido a su estatus migratorio.

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Pasó tres días en esa búsqueda y sólo logró concretar trabajo a través de un colega barbero de Nicaragua que estaba en Costa Rica en ese momento. El trabajo que consiguió lo llevó a San Pablo, cantón de Heredia, donde laboró por casi un mes.

Uno de los trabajos más llamativos de Huembes, representando en el cabello de un cliente al personaje de videojuegos, Sonic El Erizo. Foto: Cortesía

Viajaba en bus desde La Carpio hasta la barbería de San Pablo. Lo motivaba Diego, el niño que debió dejar en Nicaragua, entonces de tres años, a quien se había propuesto ayudar a través de su arduo trabajo. Por eso cuando el trabajo en San Pablo menguó y una nueva oportunidad laboral surgió en el distrito de Rincón de Sabanilla, en el mismo cantón de San Pablo.

El empleador le había pintado un asunto idílico. Tendría su propio lugar para dormir, trabajo constante y bien pagado, pero al llegar ahí descubrió que se trataba de un engaño. “Me mandó a dormir en un colchón viejo, sucio. Me lo tiro ahí, me tiró con una colcha como si yo fuera un animal”, recuerda Huembes.

—Esto no fue lo que me ofrecieron —reclamó.

—Es lo que hay —replicó el empleador.

Huembes acabó aceptando el tugurio con la promesa del trabajo. Pero cuando notó que su empleador, en algunas ocasiones, cambiaba los servicios que él ofrecía por estupefacientes que los clientes proporcionaban, Huembes no pudo tolerarlo y encaró al propietario.

Al no lograr cambiar las cosas, se planteó dejar definitivamente ese trabajo tres días después de haberse integrado.

—Fijate que un amigo me está dando dónde vivir —le comentó a su empleador—. Para ir más cómodo y regreso mañana a trabajar.

—No, es que usted no se va a ir —le contestó, confrontativo—. Usted se tiene que quedar conmigo, carepicha.

—No, yo me voy de aquí.

“Entonces me miró”, relata Huembes, y tras expresarle sus desacuerdos, el hombre lo amenazó con “echarle a migración”. Huembes huyó y el hombre lo persiguió junto con otros cuatro cómplices. Logró escapar refugiándose entre los arbustos de un templo católico, desde donde pudo oír a sus perseguidores.

“Lo vamos a voltear, lo vamos a dejar abajo y le vamos a tirar migración para que se lo lleven“, vociferaban aquellos hombres. Al dejar Sabanilla dejaba también ropa, equipos de barbería, un reloj y otras pertenencias que quedaron en posesión del propietario del local.

De Monteverde a Grecia

Antes de establecerse en la barbería que le ofreció tres años de trabajo estable, Huembes pasó por el cantón de Monteverde, donde la habían ofrecido un trabajo con un salario fijo, comisiones, pero la abundante clientela de la que había oído resultó ser un espejismo.

En Monteverde realizaba, como mucho, dos cortes a la semana y lo que ganaba se quemaba rápidamente entre costos de vivienda y alimentación. Por eso apenas logró pasar unas semanas en ese cantón.

Huembes recuerda que “yo me salía como a las once de la noche a llorar afuera porque obviamente yo ocupaba ayudar a mi mama y a mi hijo, pero me quedaba sin nada, pero uno siempre persevera“. Por eso se fue del lugar, al cual agradece todavía la hospitalidad y la confianza, cuando supo de otra oportunidad más favorable.

Los cortes de Huembes logran ser bastante sofisticados. Foto: Cortesía

Fue en Grecia, ciudad de Alajuela, que Huembes finalmente logró concretar un trabajo estable. Así pasaron alrededor de tres años, hasta que la pandemia de COVID-19 tomó a todos por sorpresa.

El local donde trabajaba cerró a raíz de la pandemia y sólo podía cortar cabello a domicilio. Luego, empezó a atender clientes en la sala de la casa que alquilaba, en el barrio Cantarra de Grecia. Todo iba tomando su rumbo, todo parecía irse ordenando, hasta que ocurrió el accidente.

El accidente

El 10 de agosto del 2020, a eso de la una de la tarde, Huembes estaba limpiando la sala donde atendía a sus clientes. Había puesto la mecha del lampazo en la secadora para continuar con la tarea. “Según yo, la apagué y metí la mano” para secar la mecha. No se percató de que la máquina seguía encendida.

Uno de los cables de los mecates se me enrolló en el dedo índice de la mano derecha y me lo mutiló

Fue de inmediato al hospital de Gracia, no tardó ni veinte minutos, y pidió ayuda desesperadamente, pero sólo le decían que “la doctora iba a llegar pronto”. Llegó cinco horas más tarde, cuando ya el dedo era insalvable, según le dijeron los médicos.

“Yo movía el dedo todavía, pero ahí me lo tuvieron que cortar”, lamenta todavía.

Una herida como esa dificulta en gran medida el trabajo que realiza como parte de su profesión, que requiere de precisión y coordinación con las manos. Esto lo desanimó en gran medida, pero pudo anteponerse a la situación ante la insistencia de su familia en Costa Rica.

Huembes a mitad de un trabajo. Foto: Cortesía

“Yo le dije a mi pareja que no iba a seguir trabajando, que ya sólo me quedaba regresarme a Nicaragua y ver cómo le hacía ahí, pero ella me animó a seguir cortando. Mi cuñado, mi pareja y mi hermana me ayudaron, me dieron el ánimo para seguir trabajando aunque yo les decía que no podía por mi dedo”, agradece Huembes.

Aunque al inicio no le convencían mucho sus resultados, quince días después de que “me volaran el dedo”, Huembes puso en marcha los planes para la barbería que actualmente es su orgullo. Así nacía El Nica Barber Studio.

Saliendo adelante

Ahora Huembes admite que tuvo que llegar a Costa Rica para “aprender a cortar bien el pelo” junto con quienes considera grandes artistas de la profesión. “Yo creía que sabía, me creía la gran cosa” en Nicaragua, y ríe al acordarse de aquellos tiempos.

Prueba de su progreso es que hace un par de años ganó el segundo lugar en una “batalla de barberos”.

Pudo Huembes en los últimos tres años actualizar sus viejas máquinas con mejores equipos, reponer la silla vieja para los clientes con una más cómoda, dar un mejor aspecto al lugar, que ahora tiene un mural con un diseño artístico, regalo de un cliente.

Conforme crecía la clientela a partir del boca a boca y gracias también a su presencia en las redes, “empecé a ganar un poquito más y comencé a invertirle más a la casa”.

Imagen tomada durante el proceso de remodelación. Foto: Cortesía

Con sus propias manos llevó a cabo algunas de las remodelaciones y se siente también feliz de que puede pagarle un salario a su hermana, que trabaja en la recepción, agendando citas, y a su hermano, quien es barbero como él. Los griegos ya lo conocen y reconocen su trabajo; le dicen “Diego” en honor a su hijo.

En enero de este año se reunió con el pequeño, ahora con ocho años de edad cumplidos, quien viajó hasta Costa Rica y pasó una semana junto a su padre. “Después de cinco años pude verlo, pude disfrutar una semana y volví al trabajo“, dice Huembes.

Así luce el local actualmente. Foto: Cortesía

“He ido disfrutando el proceso”, admite, y es notorio que le trae felicidad poder ayudar a su familia. “Me ha ido bien, no digo que no ha sido difícil. Sí ha sido difícil, pero ha valido la pena cada esfuerzo que he hecho”, considera.

“Y sobre el dedo que me cortaron, bueno”, reflexiona Huembes, “algo tenía que perder, algo tenía que sacrificar, para tener buenos resultados”, concluye con humor.